





Alrededor de los cinco o seis años, en el umbral de la educación primaria, no se perciben diferencias significativas en las capacidades matemáticas entre niños y niñas. No obstante, un análisis reciente ha revelado que en un lapso de apenas cuatro meses tras el ingreso escolar, los niños comienzan a destacarse mientras que las niñas tienden a rezagarse. Este fenómeno sugiere que la disparidad de género en el rendimiento matemático no es inherente, sino más bien una consecuencia de factores ambientales y educativos.
La investigación, publicada en la revista Nature y basada en el seguimiento de millones de estudiantes franceses, concluye que esta divergencia es inducida por el sistema escolar, sus arraigados estereotipos y dinámicas que aún requieren una profunda revisión. Este descubrimiento lanza una señal de alarma para educadores y padres, instándolos a reconocer su poder y responsabilidad para influir positivamente desde el hogar y el aula. La metodología del estudio, que comparó a niños de edades biológicas similares pero expuestos a diferentes entornos escolares, reforzó la idea de que el inicio de la vida académica, más que la edad en sí, es el catalizador de estas desigualdades. Entre las razones identificadas se encuentran una mayor ansiedad matemática en las niñas, la persistencia de estereotipos que asocian la habilidad numérica con el género masculino, expectativas divergentes por parte de los adultos —donde el esfuerzo se valora en las niñas y el talento en los niños— y cambios en el apoyo familiar al comenzar la escolarización formal.
Este estudio trasciende el ámbito académico para adentrarse en las implicaciones que tiene en la crianza y el desarrollo infantil. Si las niñas internalizan a temprana edad que las matemáticas no son su fuerte, ¿cómo afectará esto su elección de estudios futuros, especialmente en campos STEAM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Artes y Matemáticas)? Es imperativo que cambiemos nuestra narrativa y actitudes frente a las matemáticas. Los especialistas proponen estrategias concretas para revertir esta tendencia: reducir la ansiedad numérica acompañando el aprendizaje con paciencia y sin presiones de tiempo, promoviendo el juego con elementos lógicos sin imponer sesgos de género, dialogando abiertamente sobre la artificialidad de la brecha de género en esta disciplina y valorando el esfuerzo y la curiosidad por encima del resultado final. La brecha matemática no es un enigma sin solución. Su origen se localiza en el entorno, no en la genética, y por tanto, es prevenible. Reconocer que nuestra forma de interactuar, guiar y educar puede ser determinante es el primer paso. Esta es una valiosa oportunidad en la formación de nuestros hijos que no debemos desaprovechar, fomentando una mentalidad abierta y desprovista de prejuicios de género en el aprendizaje de las ciencias exactas.
